Hayao Miyazaki y el Estudio Ghibli: un lenguaje simbólico para el s.XXI

Sobre la filosofía y el legado del aclamado director Hayao Miyazaki

HISTORIA/FILOSOFÍA DEL ARTEENSAYO

Gil Miró

11/12/20238 min read

Hoy más que nunca es imprescindible hablar de figuras como la de Hayao Miyazaki y su trabajo, pues más allá de ser considerado una leyenda viva por sus creaciones y éxitos cosechados, en nombre propio y del “Anime” (dibujos animados japoneses), existe una historia humana y creativa complementaria a la aclamada figura pública, la que es a mi juicio inspiradora y de necesaria actualidad. Una historia de tolerancia y adversidades, de decepciones y esperanza, y de mucha poesía envolviendo su trabajo. Al penetrar en éste, nos encontramos un hermoso mensaje del que aprender, mientras trucos, diálogos, personajes, emociones, efectos y colores nos entretienen y le dan alas a nuestra imaginación para viajar a otros mundos, incluido el interior.

Nuestro protagonista nace en Japón en enero de 1941 en plena II Guerra Mundial y a las puertas de la participación en ella de su país. Toda su infancia y juventud estará estigmatizada por las secuelas de la post-guerra: el sentimiento colectivo de haber sido derrotados, la vergüenza, la miseria y la pobreza, las hambrunas, o la frustración de no entender por qué los dirigentes del país Nipón se embarcaron en una guerra innecesaria y sin sentido para la mayoría de japoneses. Miyazaki siempre ha criticado y condenado la guerra y sus “porque”, y en cierta forma esa postura ha estado presente en muchas de sus películas a través de los adultos, personajes sin escrúpulos ni conciencia, rodeados siempre de destrucción, ambición y egoísmo.

Trasladado a Kanuma a la edad de 5 años, donde su familia tenía una empresa dirigida por su tío, “Miyazaki Airplanes”, su juventud, vinculada a las secuelas de una Guerra Mundial, contrabalanceará esa gris y asfixiante realidad con su pasión por la literatura y los cómics (llamados “Mangas” en Japón), especialmente con los géneros de fantasía y ciencia ficción. Y esta temprana relación entre mangas y libros, será la primera razón destacable del posterior éxito de Hayao Miyazaki, es decir, su íntima relación con los clásicos. Éstos son para él, y para la mayoría de creadores, una fuente crucial de inspiración, pues es donde se halla gran parte del valioso legado de conocimientos, sabiduría, imaginación y valores humanos que gracias a grandes artistas, sabios y figuras destacadas de la historia, poseemos todos como un incalculable tesoro. Para Miyazaki, los clásicos son ese valiosísimo patrimonio intangible que nos hace ser afortunados.

La obra de Miyazaki está repleta de referencias, guiños y de ese magnético y hermoso perfume que tienen los clásicos. Él cuenta, por ejemplo, con: Saint Exúpery, El Ramayana, Los viajes de Gulliver, La Isla del tesoro, Julio Verne, los cuentos de Andersen y de los hermanos Grimm, El libro de la selva, Alicia en el país maravillas, Mitología china, cuentos rusos y tibetanos, Ovidio, La odisea, Shakespeare, Dune, Hokusai, Millais, Moebius, Richard Corben, Kurosawa…

De su relación con los clásicos entresacamos dos grandes virtudes en la obra de Miyakzaki, la primera está en su utilización como inspiración y trampolín para crear algo nuevo, brillante y genuino, que a su vez pasará a formar parte del elenco de obras inmortales que tanto ha querido. La segunda está en la utilización de los valores que contienen y resguardan esas obras, valores que día a día se alejan de las sociedades y del mundo moderno, y que Miyazaki rescata una y otra vez para reactualizarlos y darles un nuevo protagonismo entre las jóvenes generaciones. Se trata de valores como la amistad, la compasión, la cooperación, los actos heroicos, el sacrificio, el respeto a la vida y a la naturaleza…

Su vida profesional inicial es bastante turbulenta ya que no acaba de encontrar su lugar, ni la libertad para hacer el trabajo que está predestinado a crear. Tanto en la “Toei doga”, donde es iniciado y aprende el oficio, como en la “TMS” o en “Nippon animation”, donde dirige su única serie de anime, “Conan, niño del futuro” (una obra extraordinaria), no está del todo a gusto, y si hablamos de su paso por la “A-pro”, la situación se vuelve crítica.

Toda esa presión desaparece cuando se funda el Estudio Ghibli, cuyo nombre está inspirado en un viento sahariano que puede llegar a velocidad de huracán (y también nombre de un avión italiano de la segunda guerra mundial). Y ese fue el espíritu, un huracán que creará una revolución conceptual, ontológica y creativa, que le dará una nueva dimensión al anime.

El inicio de los primeros dibujos animados de la historia fue toda una épica aventura técnica y creativa, desde la primera aproximación de Emile Reynaud con el praxinoscópio y sus “pantomimas luminosas”, hasta llegar al comienzo de todo con el cinematógrafo de los hermanos Lumière y las primeras animaciones históricas: “Fantasmagorie” de Émile Cohl (1908), y “Gertie el dinosaurio” del titán Winsor McKay (1914) (padre y madre de todo el universo animado que vendrá después).

Miyazaki hereda en cierta forma todo ese espíritu aventurero de los primeros animadores, artífices de una nueva manera de contarnos historias a través de ideas y emociones hechas dibujos en movimiento. Él, junto a su inseparable mentor y amigo, Isao Takahata, y su otro amigo y cabeza para los negocios, Toshio Suzuki, fundarán el estudio Ghibli bajo esa mentalidad, consiguiendo un impulso y una impronta para el anime, parecida a la conseguida por la pasión inicial de su homólogo norteamericano, Walt Disney, uno de los grandes referentes para el universo de la animación. La referencia es similar a la de aquel Disney que en su momento revolucionó y le dio alas al sector. Un espíritu creativo lejos de la realidad industrial, comercial y estereotipada que vive hoy su compañía, como si de un sueño roto se tratase. Un sueño roto, eso sí, muy rico.

Miyazaki inicia el Estudio Ghibli de la misma manera, y parte con la ventaja de que él ya ha vivido la “industrialización comercial” del anime trabajando para la todopoderosa “Toei Doga” (la Disney japonesa post-Walt), entre otras. Esto hará que su trabajo nunca esté supeditado al aspecto comercial, sino a contar historias que transmitan un mensaje útil y hermoso, aunque sea triste o enoje, o a pesar de que la compañía esté al borde de la quiebra, como sucedió en varias ocasiones.

También su divorcio con una de sus fuentes de inspiración el “Manga no Kamisama” (Dios del manga) Osamu Tezuka, influye en su trabajo a la hora de no caer en los dos grandes defectos, para él, de “Mushi productions” y su creador: Primero la producción en cadena de dibujos, limitando la calidad, expresión y los movimientos de éstos (pasa de los 12 fotogramas por segundo impuestos por la “Blancanieves y los 7 enanitos” de Disney, a 2-3 f/s). Y segundo, rompe la influencia y “vasallaje” hacia el arte de Disney que Osamu Tezuka adoptó (“Astro boy – Kimba”) para crear algo nuevo, incluso mejor, y dejar de vivir a la sombra estética y narrativa de la industria norte-americana (paradójico es pensar que será posteriormente Disney quién imite a Osamu, plagiando episodios y pasajes de la historia de su león “Kimba”, para crear “El Rey león”, entre otros plagios más, por tanto, a día de hoy ya no se sabe quien influenció más a quien...).

El estudio Ghibli tiene un comienzo modesto y va creciendo película a película. Pero será “La princesa Mononoke” la que dé el salto a occidente y lo conquiste, gracias a la inestimable ayuda de "MIRAMAX" (en posesión de Disney), y a pesar de todos los conflictos vividos, sobre todo por el deseo de “DreamWorks” de adaptar y amoldar el trabajo de Miyazaki a los estereotipos occidentales, algo que por fortuna no consiguieron.

Tras Mononoke, llega el Óscar por “El viaje de Chihiro” y la incesante fama con hermosos proyectos hasta “la primera” retirada de Miyazaki en 2014, (hubieron otros intentos, y los siguieron habiendo después de ese) consecuencia del cierre del estudio.

El estudio Ghibli reabre en 2017, cuyo resultado ha sido la película “El chico y la garza” (2023) ganadora de su segundo Óscar a la mejor película de animación (posiblemente una de las últimas películas hechas al estilo tradicional, sin tecnología 3D, I.A. etc. que veremos).

Occidente ya conocía el cine anime, Katsuhiro Otomo fue el primero en conquistarlo con “Akira” (1988), siguiéndole Mamoru Oshii con la increíble “Ghost in the Shell” (1995) y posteriormente Satoshi Kon con su escalofriante “Perfect Blue” (1997). Pero Miyazaki marca una notable diferencia de taquilla y éxito. Y la pregunta es, ¿Por qué?...

Las claves del brillante trabajo de Miyazaki son muchas, podemos destacar 3 de ellas, imprescindibles para entenderlo a él y a su trabajo.

En primer lugar, Hayao entiende que vive una época de pobreza espiritual, sin embargo el esfuerzo común parece centrarse en la pobreza material, que se inicia con un Japón derrotado y empobrecido durante la postguerra, y que se contagia de la cultura del bienestar y el “tener” occidentales. Por ello quiere hacer conscientes a las nuevas generaciones de los problemas que les rodean, y hacerles críticos ante ellos para poder enfrentarlos y solucionarlos. Problemas como: La destrucción y contaminación de la naturaleza; una sociedad mercantil y tecnológica que adormece e impide tomar conciencia y responsabilizarse del bien individual y colectivo; la ambición, la búsqueda de poder o la supremacía; las malas acciones que afectan a la convivencia y al conjunto de la sociedad; o el desinterés por las tradiciones y las raíces culturales… son algunas de las lacras que señala y que mantiene muy presentes en toda su obra.

En segundo lugar, destaca la importancia que da en todo momento a la identidad de los personajes, a su psicología individual y colectiva dentro del contexto de cada historia. Propone mostrarles a las nuevas generaciones el gran potencial que existe en su interior, el cual, nunca debe de ser corrompido, pues las acciones fruto de ese potencial pueden cambiar el curso de la historia y solucionar los problemas que azotan al mundo, además de aquellos que afectan personalmente, a título individual.

Establece siempre tres roles muy definidos: los niños y jóvenes como portadores de la esperanza y del cambio, los adultos como portadores de los defectos del mundo actual y la corrupción, y los ancianos como sabios y custodios de la tradición. Enmarca al personaje heroico entre dos mundos, uno inmanente y otro trascendente. En el inmanente está la búsqueda de uno mismo, la superación personal, el crecimiento, la búsqueda y lucha por los ideales, la convivencia y la compasión. En el plano trascendente estaría el contacto con lo sagrado y lo mágico, con la historia, la tradición y el nexo de unión con las creencias ancestrales y los valores clásicos que nos definen como civilización, como cultura y como seres humanos.

Uno de los sellos psicológicos y genuinos de Miyasaki está en que el reto de sus héroes no radica en destruir al enemigo sino en entenderlo, aceptarlo e integrarlo. Por otro lado, su resiliencia es notable e inspiradora. Su personaje heroico suele habitar dos realidades que debe armonizar, por ello, él cree que esta manera de enfrentarse al mundo y sus adversidades es más propia del género femenino, por eso ellas son sus perfectas y aclamadas protagonistas. Como novedad vemos que en "El chico y la garza" por fin le da una oportunidad al género masculino, aunque el co-protagonista de “La princesa Mononoke”, “Ashitaka”, ya tuvo un papel destacado y muy admirado, como también lo tuvo nuestro querido “Porco Rosso”. Sin embargo, ellas siempre serán sus musas.

Por último, cabe destacar la importancia que Miyazaki da a la tradición y a la cultura ancestral, en su caso destaca la japonesa. Expresa esto como un sello de identidad del individuo y de sus raíces culturales, conformando unos valores necesarios e intrínsecos para el desarrollo, tanto del individuo como de la sociedad. Su obra está plagada de “Shintoismo”, de “Zen" y de distintos elementos animistas que nos acercan a sus tradiciones, como fuente de formación e inspiración para avanzar hacia ese futuro mejor que tanto se anhela y busca en su obra.

Hayao Miyazaki, utilizando sus historias bajo los mismos principios filosóficos del “Cuento maravilloso” o del “Monomito” de J. Campbell, ha sido capaz de conquistarnos y de dejarnos un legado profundo repleto de pensamiento crítico, belleza y esperanza. Podríamos resumirlo como un mensaje crítico ante el egoísmo, la brutalidad y la corrupción del mundo actual, y la esperanza que se debería depositar en las nuevas generaciones para que ejerzan el privilegio, el derecho y el poder que poseen: provocar con su fuerza y su criterio, un cambio global para hacer de este mundo un lugar mejor para todos.

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